Véndeme Madrid


Uno, que en su día dejó su tierra para venirse a Madrid y ya ha echado raices, a veces se plantea qué tiene esta ciudad que se la odia y se la quiere a partes iguales. Y me encontré en el consultorio de Nada Importa la pregunta de una chica en una situación que a muchos nos suena familiar, pidiendo que le vendieran Madrid

Mi dilema es que me veo el año que viene encerrada en una residencia, pagando quince pavos por copa en locales atestados de gente, pasando miedo en el metro, perdiéndome en cuatro calles y encima distanciándome de las personas que tengo aquí…. Y lo único que te pido para que me des ánimos y me hagas recuperar la ilusión de coger la maleta es que me vendas Madrid. ¿Qué tiene Madrid? ¿Cuál es su magia? Y sobretodo ¿qué le puede ofrecer a esta pobre chiquilla de provincias?
Y la respuesta quizá sea una de las mejores descripciones de Madrid, o al menos del Madrid que yo he conocido (quizá con "Yo Me Bajo En Atocha" de Joaquín Sabina)

No te hablaré hoy del miedo, de los cambios o las cientos (miles) de razones para hacer la maleta sobre la cama de esa habitación a la que ya nunca volverás. Hoy sólo te hablaré de Madrid. [...]

Y es que Madrid es Madrid todo el año, pero nunca Madrid es tan Madrid como en septiembre. Las calles se desperezan, caen las primeras gotas de este otoño que se cuela entre las sábanas y tintinean las copas en la barra caoba del Cock. Una más. La penúltima. El Madrid de los atardeceres imposibles, los hermanos Alcázar en la Gran Vía y las niñas con sudario en la mesita bebiéndose Juan Bravo.

Sé que vivirás en Malasaña, que te besarán en los portales de Corredera Alta volviendo del Tupperware y beberás copas de mierda en noches vulgares que no olvidarás nunca. Dormirás poco, llorarás más de la cuenta y echarás de menos aquella cama -que aún te espera- y te cagarás en los muertos de aquel payaso que un día como hoy te vendió esta ciudad inexplicable. Pero un día bajarás por Espíritu Santo con una desconocida que (ya) llamas amiga (qué importa de donde vienes, si estás aquí) y la vida se pintará de acacias y tejas -el color del cielo que abrasa la Gran Vía cuando atardece, y cada paso será una nota de una partitura que aún no entiendes, pero que ya intuyes. Y cruzarás Recoletos y el sol se pondrá en la Cuesta de Moyano, a la vera del Jardín Botánico y el Museo del Prado. Donde cada tarde reposan botines, fracasos, tesoros, llaves y brújulas bajo las tapas de aquellos libros de lance que esperan, sin prisa, la mano de otro dueño.

Y vivirás mil vidas y aprenderás a amar el cine en los Doré, harás cola en la barra del Cisne Azul -esas setas y pedirás otro vermú (otro más) y otro pincho de tortilla en La Ardosa. Aprenderás a reverenciar El Prado -hay que hacerlo- y quizás descubras el arte (esto es necesario, Claudia) en exposiciones como la de Cézanne en el Thyssen. Pasarán los meses; dormirás poco, llorarás menos y recordarás con cariño aquella cama, porque ya no será la tuya. Ya nunca lo será. Porque la tuya está en Madrid.

Y un día, sin más, no existirá otra ciudad.

Porque no la hay.


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